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por Marie-Johanne Croteau Meurois

Por cierto,  ¿Cómo podemos definir la Compasión? ¿Qué es la Compasión?

He aquí mi definición.

La compasión es un estado de fusión con el otro… nosotros somos “el otro” y el otro es “nosotros” sin distinción ninguna. Es pues, por un instante, un “estado de unión absoluta”…

La empatía es más bien la versión “socialmente” aceptada de la compasión que tiene, en la mente de muchas personas, una connotación espiritualista o incluso religiosa que les asusta.

Marie Johanne

Para tratar más detenidamente el tema, escuchemos la ponencia de Daniel Meurois en un seminario…

 

Me gustaría empezar citando un proverbio amerindio que puede ser una puerta hacia la compasión. Hay un refrán amerindio que dice: “No juzgues a tu vecino sin haber caminado antes durante una luna con sus mocasines”. Es hermoso, porque evidentemente el desarrollo del respecto hacia el otro y de la compasión se fundamenta en no juzgar. Es cierto que vivimos en una sociedad moderna muy desplomada, en un mundo en el que el juicio es parte integral de nuestra educación. Desde nuestra niñez, nos enseñan a juzgar, no a expresar opiniones, sino a juzgar: “esto está bien, esto no lo está; hay que pensar así y no asá; debes creer en esto y no en aquello; Fulano es simpático, el otro no lo es”. Nos movemos en un sistema de relaciones de fuerza contrapuesto blanco-negro, negro-blanco: si tengo razón significa que el otro está equivocado…

Pero no es tan fácil como parece puesto que se puede tener razón sin que el otro esté equivocado. Esto es lo que pretende transmitirnos este proverbio amerindio: mientras no me ponga en el lugar de la otra persona con todo su bagaje, todos sus retos, ¿Cómo podríamos juzgar, en bien o en mal, lo que hace y lo que es? ¡No tenemos esa potestad!

Mientras no comprendamos lo relativo a la idea de verdad, es decir, que la verdad del otro es tan válida como las verdades nuestras, no seremos capaces de entrar en una dimensión de compasión. Por compasión, sobrentendemos una iniciativa de unificación de los aparentes contrapuestos. De este modo, no hay un “el otro” ni un “nosotros”. Esta el Divino que busca expresarse de dos modos distintos. La conciencia divina crece en el otro, o en los otros, a la vez que en nosotros. Quizás parezca raro oír decir “la conciencia divina crece”, o sea, que necesita perfeccionarse a través de las formas de vida que somos. Pero en realidad, es lo que ocurre; es lo que Cristo intentaba hacernos comprender. Es lo que concebimos como Dios. Lo que llamamos Dios no es una fuerza finita sino todo lo contrario, es una fuerza infinita en el sentido propio de la palabra. Es una fuerza que sigue desarrollándose, creciendo, aprendiendo a querer más, aprendiendo a crear más a través todas las facetas de su creación, entre las cuales estamos nosotros. Es, por tanto, a esta toma de conciencia donde conduce la compasión y viceversa; la compasión alimenta a su vez esta toma de conciencia.

Sin em201201_026_Compasion_artbargo, a menudo hay que tener cuidado con las iniciativas que tomamos de lo que entendemos por compasión y que luego no es; sino que es el resultado de una forma de emotividad. Podemos perfectamente encontrarnos ante una escena difícil de sobrellevar, por ejemplo la de un ser totalmente inmerso en la miseria. Es fácil verse ante situaciones como esta cuando se está en países muy pobres como África, o recorriendo algunas partes de Asia. Es fácil en esos momentos sentir las lagrimas deslizarse por nuestras mejillas y decirse: “tengo compasión porque estoy llorando, porque tengo el corazón apenado”. Esto es más bien emoción. La compasión es algo más allá.

La compasión es un estado de la conciencia que hace que entremos en el cuerpo y en el alma del otro sin lamentarnos, con el fin de conseguir (a nivel de nuestra emanación) la clave para ofrecer a esa otra persona un poco de felicidad, aunque esa felicidad sea quizás solamente unos segundos de paz. Es lo que hacía un ser como el Cristo. Podíamos ir hasta él y pedirle un deseo inmenso: “Cúrame; haz que no esté más en la miseria…” Y no recibir nada a este nivel. Pero con tan solo cruzar su mirada, y estando en ese estado de súplica, podíamos vivir por un instante, a veces ni eso, un estado total de felicidad, unos de esos estados de paz que crean lo que llamé –ayer o esta mañana, no lo recuerdo bien– un vacío en el alma, un vacío dorado ante el cual nos quedamos sin palabras, y en el que en el corazón del mismo, durante esos instantes, todo, todo, todo, en el mundo o en nuestra vida, nos parece increíblemente simple y justo y para nada dramático.

Que un ser consiga entrar en tal dimensión de su realización, y que consiga provocar lo mismo en otra persona, esto es verdaderamente una muestra de compasión. Decir “sé que tienes sed y te doy la gota de agua justo en el momento adecuado”, esto es compasión. Lo cual es muy distinto a decir “oh! Que triste, es terrible, pobrecito. Comparto tu dolor y tus pesares”.

No penséis que me estoy burlando ni riendo de aquellos que sienten tristeza ante situaciones difíciles. No se trata de eso. Intento simplemente haceros comprender lo que es realmente la compasión, ese estado en el que los cántaros del alma se vierten el uno en el otro, el alma del que sufre y el alma del que puede apaciguar ese sufrimiento. Y no os imaginéis que el que alivia la otra persona gracias a su compasión no recibe una ola de amor. He aquí la verdadera fusión, el hecho de vivir verdaderamente la unidad de conciencia.

Lo intento, pero no hay todavía muchas palabras sobre el haz de la Tierra. Y aquí estamos nosotros, todos juntos, aquí o en cualquier otra ciudad con otras personas –yo soy uno entre otros muchos–. Aquí estamos para intentar o permitir, con el florecimiento de la Paloma, que algunos conceptos más precisos u otros nuevos tomen forma. Eso es lo que hemos venido a hacer: permitir al Espíritu que nos hable de forma diferente con el fin de verlo y sentirlo por todo, de modo que no haya más barreras.

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