La práctica de la ofrenda del  perdón y de la ternura

Este texto ha sido extraído del libro ADVAITA, una práctica llena de Amor Ternura que nos ayuda a elevar y transmutar esa parte de nosotros que necesita perdonar o perdonarse. Solo necesitamos tener una rosa fresca y un corazón dispuesto a realizar el ejercicio, que os ayudará a salir de toda culpa…

“Este es un ejercicio muy suave que el Avatar Babaji me enseñó durante aquel encuentro con él, que he mencionado y que tuvo lugar en el corazón de un “bosque luminoso”…
Antes de empezar esta práctica, tendréis que haber adquirido una rosa, por el lugar energético que esta flor ocupa en el mundo vegetal. Además, le cortaréis el tallo completamente para que pueda ser apoyada sobre un lugar plano.

1. En un ambiente apacible y con una luz suave, os tumbais confortablemente y ponéis con conciencia la rosa sobre el centro de vuestro pecho.
Como de costumbre, procuraréis que vuestra ropa no os ocasione la menor molestia.
Concederos después un momento de silencio y quietud, mientras vuestro espíritu está conectado sin tensión con la presencia de la rosa sobre vuestro cuerpo.

2. Tranquilamente, ponéis las dos manos sobre vuestro vientre. Hacéis esto libremente y respiráis a vuestro propio ritmo unas diez veces, procurando que el aire inspirado vaya a alojarse en vuestro abdomen. Esto lo irrigará y lo flexibilizará.

3. Ponéis después las dos manos sobre vuestro diafragma. Igual de libremente y sin tensión, respiráis de nuevo unas diez veces pero esta vez dirigiendo el aire a esta parte de vuestro cuerpo. Sentid bien cómo se relaja.

4. Seguidamente, haced subir vuestras manos hasta arriba de vuestra caja torácica. Las posáis allí muy suavemente y empezáis una vez más un ciclo de diez respiraciones apacibles sintiendo cómo se hincha y se vacía vuestro pecho. Invitad la serenidad en vosotros…

5. Muy lentamente, desplegáis ahora los brazos y los ponéis a cada lado del cuerpo, con las palmas de las manos hacia arriba.

6. Ahora llega el momento de situar vuestra conciencia en el corazón de la rosa, en el centro de vuestro pecho. Haréis esto con ternura… Sentiréis bien la presencia amorosa y protectora de esta flor. Acogeréis plenamente su dulzura, su perfume.
Tomaros vuestro tiempo… después, humildemente, dirigiros a la Conciencia global del mundo de las rosas. Le pedís que os ofrezca la energía de su amor, de su compasión, de su aliento reconciliador y pacificador.
Acoged esta energía y este aliento porque, no lo dudéis, estos les serán propuestos tanto a vuestra alma como a vuestras células…

7. Ahora dirigís vuestra conciencia en percibir una onda sublime y luminosa que se desprende de la rosa en el centro de vuestro pecho hasta inundar la totalidad de vuestro ser…
No olvidéis hacer llegar esta onda hasta vuestra garganta y vuestra cabeza con el fin insuflarles su dulzura.
Es una onda de paz, de felicidad a través de la cual todo va a simplificarse en vosotros, a través de la cual, todos vuestros conflictos internos van a empezar a desactivarse. Os hablará de atreveros a ser compasivos hacia vosotros mismos.
Por tanto, le dejaréis todo el tiempo necesario para que actúe en vosotros y os ofrezca su caricia; después le dais las gracias… No hacen falta palabras para esto… la orientación de vuestro corazón actuará en su lugar.

8.  Respirad larga y profundamente y volved progresivamente a la conciencia física de vuestros miembros, de vuestro cuerpo…

9. La novena y última fase de esta práctica apaciguadora y reconciliadora consiste en depositar respetuosamente vuestra rosa sobre una superficie limpia en un rincón tranquilo de vuestra habitación y dejarla allí hasta que se seque completamente. Para finalizar, la quemaréis, siempre con un respeto hacia la Presencia que ha actuado a través de ella.

Este ejercicio a través del cual se nos propone ofrecernos a nosotros mismos toda la ternura, la compasión y la serenidad que necesitamos, se sitúa evidentemente a las antípodas de lo que nos ha inculcado nuestra cultura judeo-cristiana. Es exactamente lo opuesto a esa actitud de culpa y de sacrificio que está impresa en nuestras memorias más profundas.

Algunos espíritus puritanos me dirían quizás: “Sí, pero nos servimos de un elemento exterior, una rosa, cuando en realidad, en nuestra búsqueda de Unidad deberíamos dirigirnos hacia lo que está en nosotros… puesto que todo está allí.”
Efectivamente, podemos ver las cosas de este modo, pero considerar la alianza de una flor como un elemento de disociación o de dispersión de lo que nos anima me parece un poco integrista.
En la práctica, es al alma global del universo vegetal, al que invitamos en nuestra obra de reunificación.
Por algo la rosa es desde siempre una flor emblemática igual que lo es, por ejemplo, el loto.
En el reino vegetal, hay especies más realizadas, por ser más “viejas”, que otras. Son especies que tienen una misión de mediadores y que están habitadas por una vibración de base que traduce la Presencia del Aliento Divino.
El hecho de pedir su ayuda y su colaboración no significa ir hacia fuera de uno mismo, sino comulgar con otra declinación de la Vida, es unirse con ella, es hacerla propia con el fin de explorar de un modo diferente ese sentimiento de Amor que revela el Uno.
Evidentemente, ello implica no considerar la rosa como “algo” o como una “herramienta”. Por eso decía de ponerla con conciencia en el centro de nuestro pecho y de quemarla con respeto una vez seca.
No hay que perder de vista que la rosa es una presencia viva vinculada no solo a un símbolo energético sino también a un arquetipo activo.

ADVAITA

Daniel Meurois

 

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