
Haced callar ahora todo deseo. Vivid una dulce espera, un sosiego, una quietud, y percibos solamente como un punto de encuentro. Os convertís en el lugar en donde se unen las fuerzas del universo. Dejadlas respirar en vosotros. Fusionándose, están lavando vuestras células.
Después, sosegadamente, situad las manos -la derecha sobre la izquierda- en el centro del pecho, en la sede de vuestras antiguas memorias. Dejad que las manos actúen por sí mismas. Sin desear nada, sin medir vuestro tiempo. Eso será todo… ¡Ah!. Una cosa más… ¡No olvidéis agradecer a Quien ha venido a visiratos!
«El que Viene»
Daniel Meurois
