
-¡sois amnésicos, -repetía entonces en un tono jocoso -sois amnésicos!
En cuanto a mi, comprendo poco a poco que, para experimentar tales estados de gracia, hacia falta que al menos una puerta estuviera entreabierta en nuestra alma… y que, para que esta estuviera entreabierta, era necesario haberse molestado en empujarla.
-¿Cómo empujarla? -le pregunte un día…
-Con la voluntad.
-¿No con el amor?
-El Amor sin voluntad es una flor sin perfume, le falta una dimensión… ¡su Luz del Alma!
-¿Y que es lo que desarrolla la voluntad?
-Frecuentando la audacia, el contrario que la tibieza, la actitud frente a las pruebas.
-Las pruebas son el sufrimiento… ¿Entonces es absolutamente necesario sufrir?
-La intensidad y la duración del sufrimiento dependen de la fuerza que procura la Luz del alma.
-¿La Luz del alma? ¡Siempre estamos dando vueltas, Rabi!
-También para esto es para lo que el Eterno me envía hasta vosotros… Para romper el círculo vicioso del miedo que hace desear la amnesia y asfixia la voluntad.
-¿Es por tanto necesario un maestro para perforar el muro de la oscuridad?
-Todos pasamos, sin cesar, de maestro en maestro, como veras. Franqueamos millares de murallas pero el Maestro definitivo, Él, habla a través de todo lo que resucita la pureza del alma. Es esto lo que no hay que perder nunca de vista…»
